A propósito de “Ocho apellidos catalanes” de Emilio Martínez Lázaro

Me gusta ir al cine entre semana porque disfruto de la intimidad de las salas y comparto, además, películas con algunos desconocidos –no muchos- que, como yo, no esperan al día del espectador para asistir a nuevas historias en color y dolby sorrund. Todo un ritual para mí, las no pocas veces que voy sólo, que se convierte en algo parecido a la lectura de un buen libro en el rincón favorito de mi dormitorio bajo la luz del flexo acompañado de un buen tazón de café que, si la lectura es buena, suele quedarse frío antes de sorber los últimos posos. Hay días, incluso, en que salgo contento de la sala pese a la dudosa calidad de la película que he visto, satisfecho únicamente con las butacas de altos reposabrazos, la oscuridad, los tráilers (sustituidos cada vez más frecuente y lamentablemente por anuncios de empresas locales), el crujir de las palomitas, la Pepsi Cola aguada, el estruendo en ocasiones desmedido de los altavoces y la complicidad implícita con los dos o tres espectadores a los que se les ocurre salir de casa una tarde de invierno y pagar los más de siete euros de entrada con su correspondiente 21% de IVA cultural (conviene recalcarlo ahora que se aproximan las elecciones).

Así las cosas, el pasado lunes salí de casa y caminé durante al menos treinta minutos en dirección a los multicines de mi ciudad  -paseo que, en cierto modo, no deja de ser parte del ritual al que aludía-  sin haber ojeado previamente la cartelera. El frío era seco y calaba hondo, ese tipo de frío que duele en las orejas y congela las ideas. Debió ser esto último, o mera curiosidad –dadas las escandalosas cifras de recaudación en tan sólo un fin de semana- o, tal vez, ambas cosas lo que me hizo escoger mal la película a la que aquí dedico un espacio únicamente con el fin de que no cometáis mi mismo error: Ocho apellidos catalanes, secuela de la cinta más taquillera de la historia del cine patrio a la que va camino de superar en cifras y absurdo.

A la película, considerando que no lo merece, me he propuesto no dedicarle más de un párrafo. Consiste toda ella en una serie de despropósitos y clichés –resumidos en hípsters, calçots, independencia, castellers y eles geminadas en demasía- agolpados en noventa y nueve minutos de una trama tan incoherente e inconexa que roza lo grotesco sin proponérselo. Los actores, la mayoría de ellos cómicos televisivos, carecen de la consistencia necesaria para darle cierta credibilidad a una historia cuyo director y guionista, leo con asombro en Wikipedia (perdón por mi ignorancia), ganó en 1978 el Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín por Las palabras de Max, lo que me hace pensar en lo difícil que tiene que ser escribir y rodar una película en apenas un año y medio con Paolo Vasile, capo del grupo Mediaset y productor, detrás, pero ya se sabe, poderoso es don dinero.

Mi enfado al salir de la sala, sin embargo, no vino tanto al comprobar de primera mano la inconsistencia de una cinta que no es sino un remedo rápido de la anterior (una comedia que, si bien no era excelente –ni pretendía serlo-, cumplía con su finalidad; hacer reír) como al observar con asombro cómo un público que abarrotaba el cine un lunes de invierno –mi gozo en un pozo- alborotaba, reía a carcajadas y aplaudía los chascarrillos de un guión que no consiguió ni tan siquiera esbozar una media sonrisa en mi rostro. Más aún, al finalizar la proyección, todavía con las luces apagadas, un numeroso grupo de señoras que rozaban los cincuenta volcaron su sonora ovación en la estancia provocando mi inevitable enojo, que no hizo sino acrecentarse al recordar que la semana anterior tuve que desplazarme 40 minutos en tren para ver proyectada la cinta ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes: Deephan de Jacques Audiard. Y no es que considere que todas las películas deban alcanzar las pretensiones y la carga moral que recoge la producción francesa, pero me enerva la inopia en la que se halla el público español, capaz de levantarse de sus butacas para aplaudir una película como la que aquí nos ocupa e ignorar la existencia de otras como la de Audiard escritas, con más o menos acierto, pero siempre con una clara vocación artística. Pero el Arte, guste o no, ya no da dinero, que es lo que manda hoy en el cine como en todo, y eso Vasile lo sabe bien.

Cierro, pues, este espacio con las palabras del Karra Errejalde -sin duda el único capaz de engrandecer y  hacer creíble a su personaje en Ocho apellidos catalanes-  preguntado acerca de una posible tercera parte que completara la saga, cuya respuesta deviene sin duda la más certera crítica que se puede escribir de la película:

-¿Tendrán que hacer la tercera, «Ocho apellidos gallegos»?

-Tendrán, tendrán. Yo soy un actor. Tendrán que hacerlo los productores, los financieros, quizás algunos actores. Otros. Yo he hecho ya dos de vasquito […]. Hay que ser listo y saber abandonar y creo que va siendo hora. Una película puede funcionar de la hostia hacer reir a mucha gente y ser incluso un fenómeno social, pero no por eso es Leduc, Tavernier, Bresson, […]  Si me ofrecieran una tercera ocasión declinaría, diría muchas gracias, sabiendo que me ofrecerían mucho dinero y renunciaría a él porque….

REFERENCIAS

Entrevista de Rodri García para La voz de Galicia (25 de noviembre de 2015) [http://www.lavozdegalicia.es/noticia/teatro/2015/11/24/me-ofrecieran-ocho-apellidos-gallegos-declinaria-/0003_201511G24P37991.htm]

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