“El secreto de la modelo extraviada” de Eduardo Mendoza

Uno de los profesores a los que más admiro y respeto por sus conocimientos como docente y su incansable labor de crítico literario tiene por costumbre desmerecer reiteradamente la narrativa de Eduardo Mendoza, no sin destacar, en cambio -nótese el sarcasmo-,  el humor y la afabilidad con que éste suele tratarlo a pesar de sus duras críticas en la prensa escrita. Así pues, cuando hace apenas una semana decidí emprender la lectura de “El secreto de la modelo extraviada”, última obra de dicho autor, lo hice no sin pocas reservas.

Ciertamente, las primeras páginas de la novela, no hicieron sino corroborar mis peores sospechas, no tanto por la prosa y los personajes, como por una trama disparatada e inverosímil que no sorprende al público acostumbrado a leer novela negra. No es que la novela sea insufrible, sino que, sin duda, el lector esperaría algo más al ver el nombre del autor en la portada. Pudiera parecer, incluso, que todo el libro está puesto al servicio de lo jocoso y deviene sólo una excusa para dar cabida a un gran número de chascarrillos, que en más de una ocasión -para qué negarlo- provocan la carcajada.

Son dos, sin embargo, los dos méritos del novelista en “El secreto de la modelo extraviada”, según mi juicio. En primer lugar, el autor huye de cualquier pretensión y trascendencia e invierte la sociedad de modo que los investigadores del crimen que ocupa la parte central de la novela no son astutos policías, como de costumbre, sino un marginado social escapado de un geriátrico y su inseparable acompañante, la señorita Westinghouse -un antiguo miembro de la guardia civil pasado a travesti del barrio chino de Barcelona- curiosamente el personaje más cabal y lúcido de la novela. Ambos harán uso de una razón y un lenguaje que desde luego no les corresponde, mientras que altos empresarios y policías quedan rebajados a lo grotesco.

El segundo y más notable logro de la novela subyace, a mi entender, en la estructura de la misma y el acertado uso del espacio y el tiempo. Y es que en “El secreto de la modelo extraviada” hay dos partes claramente diferenciadas, separadas entre sí por más de treinta años, tiempo suficiente para que la Barcelona de la primera parte sea otra bien distinta en la segunda, como ya pronosticaba la entrañable y lúcida señorita Westinghouse, pese a que nadie la creía en los primeros años de democracia en que data la primera parte de la obra. Y es que en realidad, más allá de la trama, carente de cualquier interés y fácil de olvidar una vez acabada la lectura, la gran protagonista de la obra, su hilo conductor, en suma,no es sino Barcelona, la de los años ochenta y en la que devino después del verano de 1992;la impersonal, comercial y turística… la de las Ramblas, la Barceloneta y el Camp Nou… la del Fórum de las Culturas, la que nadie podía imaginar excepto, quién sino, la señorita Westinghouse, empeñada en aprender inglés para cuando llegara el día en que la capital catalana se abriera al mundo. Así pues, con treinta años de por medio, el narrador vuelve en la segunda parte a los mismos espacios que ocuparon el inicio de la novela y comprueba de la mano del lector la metamorfosis de la ciudad.

Y es precisamente ahí donde reside la crítica velada de la novela. Indudablemente Barcelona cambió a partir de la fecha de 1992, se abrió al mundo, y unos pocos -“ellos”- tanto en la  ficción como en la realidad, sacaron tajada de la metamorfosis (ahora que está tan de actualidad el 3% de los Pujol), que sin embargo no devino en progreso efectivo, como nota de nuevo Westinghouse en el fragmento que transcribo (2015:171-172):

Esta ciudad-prosiguió- no es la mía. No sé si lo recuerdas: cuando nos conocimos, yo tenía una gran fe en el futuro de Barcelona. Nadie me hacía caso, muchos se reían de mí. No me importaba, yo estaba convencida y no daba mi brazo escultural a torcer. Hemos de abrirnos al mundo, decía, hemos de aprender inglés, hemos de adaptarnos al horario europeo. ¿Me equivoqué? En parte no y en parte sí. Hoy Barcelona es una ciudad trepidante, próspera, rebosante de glamour […]. Pero las cosas no son como yo las había imaginado. Yo imaginaba una Barcelona, y ellos han hecho otra. […] Barcelona ha cambiado, como yo vaticinaba, pero para convertirse en la capital mundial del baratillo y de la idiocia.

En definitiva, no voy a ser yo quien le lleve la contraria un profesor que tanto me ha enseñado y me ha hecho disfrutar. “El secreto de la modelo extraviada”efectivamente no pasará a la historia de la literatura ni tampoco servirá para recordar y dejar en un buen lugar a su autor. Lo cual no obsta para que ésta tenga sus errores y sus virtudes. Estas últimas son, como ya he dicho, dos, la inversión cuasi grotesca de la realidad, dando lugar a personajes tan entrañables como la señorita Westinghouse, y una estructura al servicio del protagonista de la novela: Barcelona.Mendoza

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