A propósito del Toro de la Vega.

Me encantan los animales, disfruto de su compañía, y no me gusta que sufran. Pero lo del Toro de la Vega, desde mi punto de vista, poco o nada tiene que ver con los animales. Lo del torneo celebrado en Tordesillas tiene que ver única y exclusivamente con la defensa del ser humano. ¿cómo es posible que un ser humano educado y civilizado disfrute infringiendo dolor a un ser vivo, sea del tipo que sea? ¿cómo es posible que existiendo el Arte un ser humano necesite ver sangre en vivo (a mí me basta con la de las películas de Tarantino) para reafirmarse como lo que es, el gran destructor de la tierra? ¿Por qué? He pasado muchas veces por Tordesillas, a escasos kilómetros de Valladolid, y creo que allí no les debe faltar de nada, tendrán un cine, un teatro, un centro comercial, incluso un museo, como muy lejos a 10 minutos en coche. ¿por qué entonces necesitan de esta cuestionable afición? Intentando responder a esta pregunta, que tal vez sólo un tordesillano me sepa contestar, me viene irremediablemente a la cabeza Max Aub, quien al visitar España tras muchos años de un exilio en el que morirá, dijo:

Y como la inteligencia ni entra ni sale, ni va ni viene, ignoran la libertad, no tienen ideas políticas -y de las otras pocas-, comen a su gusto. ¿Qué más pueden pedir sino comer mejor y pisar calles más anchas? Las tienen, van a misa -tarde- para que acabe la obligación más pronto, hablan alto, toman vermut, cerveza, vino, juegan a la lotería, se apasionan por el fútbol y lo demás les tiene sin cuidado.

[Max Aub, La Gallina Ciega]

Tal vez es que la España de Franco, la  reaccionaria y bárbara, está más presente de lo que se nos quiere hacer ver, y los toros y el fútbol no son sino el modo en que pervive la incultura de un pueblo sojuzgado y dócil, pero eso ya es otra historia. En definitiva, más que anti taurino, me defino como prohumano, y el espectáculo brindado esta semana en Tordesillas es del todo inhumano, en cuanto a que nos deja a todos, como conjunto, por los suelos. Esperemos, que como vaticinó el propio Max Aub -más con la esperanza que con la certeza de que así fuera- la inteligencia no tenga remedio y acabe por imponerse a inhumanidades como las que tenemos que ver últimamente por televisión.

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