Releo algunas líneas de mi vida.

Hace ya algún tiempo escribí las líneas que siguen y muchas otras. Hoy, las leo:

“[…]¿Cómo dejarlo con un te quiero? ¿Cómo estar seguro de que todo lo bueno ha quedado dicho? ¿Cómo saber que ella sabe que siempre la llevaré conmigo porque ya es parte indefectible de mí, ya es mi vida, porque mi vida sólo es lo vivido, y lo vivido es lo único que soy y me define? ¿Cuál se supone que tiene que ser la despedida? ¿Cuál es la última palabra y cuál está ya de más y sobra y hiere?

Y luego está el tiempo, porque igual que hoy ya no volverá a ser nunca más a partir de mañana, esta relación ya nunca más volverá a repetirse, nunca más de manera exacta y nunca más será ya un buen motivo por el que seguir vivo.

Y la soledad, la alienación, la propia marginación, la incomprensión… la frustración resultante, en fin, de sentirte ajeno a todo, incomprendido, de más, extraño.  Y sin ella que supo amar todo lo anterior, todavía más. Sin nadie que me escuche, ni nadie que esté interesado en lo que pienso. ¿De qué vale un pensamiento si no hay quien lo escuche? ¿De qué vale el lenguaje si no hay quien me entienda?

Y por último él y con él el miedo y lo más ruin y visceral: los celos. Él que aún no lo sabe y llegará, él que sabrá de mí sólo por lo que ella le cuente, y él que intentará superarme en todo. Que tocará, rozará, besará, lamerá, pellizcará y jugará con la misma piel que ya nunca más será mía. Porque al final es eso y nada más lo que define una relación; lo que es mío, es mío, y no se toca, ni se roza ni por supuesto se besa o lame. Él con el que yo también me compararé y al que detestaré sólo por pensar que tal vez él sí sea capaz de hacerla plenamente feliz. Él, sin nombre todavía, pero condenado ya de antemano por mí […].”

¿Por qué voy a votar a ‘En Comú Podem’?

No es este un blog consignado a la política ni pretende serlo a raíz de esta entrada, pero, dadas las circunstancias, quisiera exponer, en forma de decálogo, los motivos que mañana domingo me llevarán a votar a ‘En Comú Podem’:

  1. Es el único partido catalán de izquierdas. ‘En Comú Podem’ deviene todo un hito por el mero hecho de aglutinar bajó un mismo nombre a la gran mayoría de las formaciones catalanas de izquierdas (‘Barcelona en Comú’, ‘Equo’, ‘EUA’, ‘ICV’ y ‘Podem’) históricamente muy fragmentadas y escindidas. Votar, por otro lado, a otros partidos como ERC sería dar mi voto a los compañeros de viaje de la Convergencia del 3%.
  2. ‘En Comú Podem’ tendrá un grupo parlamentario propio (al margen del de Podemos) en el Congreso de los Diputados para defender los intereses particulares de los catalanes. Este factor es determinante, a mi modo de ver, para escoger entre Izquierda Unida y ‘En Comú Podem’.
  3. Porque no sólo es el único partido catalán de izquierdas que se presenta a las elecciones sino que es el único abiertamente ecologista.
  4. Porque presenta la única solución real a la cuestión catalana; el referéndum. La independencia, o no, de Cataluña, ni recae en los tribunales como pretende el PP, ni se puede conseguir de manera unilateral tras unas elecciones autonómicas -que no plebiscitarias-.
  5. Porque ‘Podemos’ ha tenido siempre un discurso valiente y claro con respecto a la cuestión catalana y no ha variado su discurso en función de si hablaba en Barcelona o en Zamora, en Girona o en Cádiz. Ha defendido nuestro derecho a decidir por toda España y es muy probable que un 20% de los españoles esté de acuerdo, mientras aquí, muchos independentistas optarán por votar el inmovilismo de ERC y CDC, manchada, por otra parte, por una gestión de veinte años de corrupción.
  6. Porque los candidatos de ‘En Comú Podem’ no son políticos de profesión -nada de casta-, son personas independientes, muchas de ellas trabajadoras del sector público, como Xavier Domènech (profesor universitario) y Marta Sibina (enfermera quirúrgica) que han llevado a cabo una ardua labor como activistas en defensa de los intereses públicos.
  7. Porque es la única opción de cambio real. Un cambio que empezó en las plazas y que debe dar el salto a las instituciones para que de una vez por todas la palabra democracia no se nos quede grande.
  8. Por los ayuntamientos del cambio. Por Ada Colau y las 200 viviendas que ha conseguido para emergencias sociales (http://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20151216/30848205945/colau-200-pisos-sareb-barcelona.html), porque pese a que el resto de partidos no le han dejado bajarse el sueldo como alcaldesa de Barcelona ella ha demostrado que sí se puede y ha decidido donar gran parte de su sueldo y el de sus concejales a cuestiones sociales (http://www.elconfidencial.com/espana/cataluna/2015-07-14/la-oposicion-no-deja-a-colau-bajarse-el-sueldo-ciu-c-s-psc-y-pp-en-contra_927642/), por apostar por la congelación, muchos años después, de las tarifas del transporte público (http://www.lavanguardia.com/vida/20151127/30436778806/catalunya-colau-congelara-los-precios-del-transporte-publico-y-ampliara-la-tarificacion-social.html). O por Carmena, que pasará la Nochebuena con los cientos de personas sin techo de Madrid (http://www.lavanguardia.com/vida/20151218/30891922426/carmena-cena-sintecho-nochebuena-cibeles.html).
  9. Porque es el único partido político que debe 0 euros a la Banca y a las grandes compañías privadas y, por tanto, el único que no debe favores a los poderosos. ‘En Comú Podem’ es un partido financiado por las gente  de a pie y, por consiguiente, se gobernará sólo para la gente. ¿No os preguntáis de dónde saca el dinero C’s para tener carteles en todas las estaciones de tren y metro? Yo sí.
  10. Para que por una vez venza la sonrisa al miedo impuesto por la derecha. En negrita y bien alto: ¡Sí se puede!

A propósito de “Ocho apellidos catalanes” de Emilio Martínez Lázaro

Me gusta ir al cine entre semana porque disfruto de la intimidad de las salas y comparto, además, películas con algunos desconocidos –no muchos- que, como yo, no esperan al día del espectador para asistir a nuevas historias en color y dolby sorrund. Todo un ritual para mí, las no pocas veces que voy sólo, que se convierte en algo parecido a la lectura de un buen libro en el rincón favorito de mi dormitorio bajo la luz del flexo acompañado de un buen tazón de café que, si la lectura es buena, suele quedarse frío antes de sorber los últimos posos. Hay días, incluso, en que salgo contento de la sala pese a la dudosa calidad de la película que he visto, satisfecho únicamente con las butacas de altos reposabrazos, la oscuridad, los tráilers (sustituidos cada vez más frecuente y lamentablemente por anuncios de empresas locales), el crujir de las palomitas, la Pepsi Cola aguada, el estruendo en ocasiones desmedido de los altavoces y la complicidad implícita con los dos o tres espectadores a los que se les ocurre salir de casa una tarde de invierno y pagar los más de siete euros de entrada con su correspondiente 21% de IVA cultural (conviene recalcarlo ahora que se aproximan las elecciones).

Así las cosas, el pasado lunes salí de casa y caminé durante al menos treinta minutos en dirección a los multicines de mi ciudad  -paseo que, en cierto modo, no deja de ser parte del ritual al que aludía-  sin haber ojeado previamente la cartelera. El frío era seco y calaba hondo, ese tipo de frío que duele en las orejas y congela las ideas. Debió ser esto último, o mera curiosidad –dadas las escandalosas cifras de recaudación en tan sólo un fin de semana- o, tal vez, ambas cosas lo que me hizo escoger mal la película a la que aquí dedico un espacio únicamente con el fin de que no cometáis mi mismo error: Ocho apellidos catalanes, secuela de la cinta más taquillera de la historia del cine patrio a la que va camino de superar en cifras y absurdo.

A la película, considerando que no lo merece, me he propuesto no dedicarle más de un párrafo. Consiste toda ella en una serie de despropósitos y clichés –resumidos en hípsters, calçots, independencia, castellers y eles geminadas en demasía- agolpados en noventa y nueve minutos de una trama tan incoherente e inconexa que roza lo grotesco sin proponérselo. Los actores, la mayoría de ellos cómicos televisivos, carecen de la consistencia necesaria para darle cierta credibilidad a una historia cuyo director y guionista, leo con asombro en Wikipedia (perdón por mi ignorancia), ganó en 1978 el Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín por Las palabras de Max, lo que me hace pensar en lo difícil que tiene que ser escribir y rodar una película en apenas un año y medio con Paolo Vasile, capo del grupo Mediaset y productor, detrás, pero ya se sabe, poderoso es don dinero.

Mi enfado al salir de la sala, sin embargo, no vino tanto al comprobar de primera mano la inconsistencia de una cinta que no es sino un remedo rápido de la anterior (una comedia que, si bien no era excelente –ni pretendía serlo-, cumplía con su finalidad; hacer reír) como al observar con asombro cómo un público que abarrotaba el cine un lunes de invierno –mi gozo en un pozo- alborotaba, reía a carcajadas y aplaudía los chascarrillos de un guión que no consiguió ni tan siquiera esbozar una media sonrisa en mi rostro. Más aún, al finalizar la proyección, todavía con las luces apagadas, un numeroso grupo de señoras que rozaban los cincuenta volcaron su sonora ovación en la estancia provocando mi inevitable enojo, que no hizo sino acrecentarse al recordar que la semana anterior tuve que desplazarme 40 minutos en tren para ver proyectada la cinta ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes: Deephan de Jacques Audiard. Y no es que considere que todas las películas deban alcanzar las pretensiones y la carga moral que recoge la producción francesa, pero me enerva la inopia en la que se halla el público español, capaz de levantarse de sus butacas para aplaudir una película como la que aquí nos ocupa e ignorar la existencia de otras como la de Audiard escritas, con más o menos acierto, pero siempre con una clara vocación artística. Pero el Arte, guste o no, ya no da dinero, que es lo que manda hoy en el cine como en todo, y eso Vasile lo sabe bien.

Cierro, pues, este espacio con las palabras del Karra Errejalde -sin duda el único capaz de engrandecer y  hacer creíble a su personaje en Ocho apellidos catalanes-  preguntado acerca de una posible tercera parte que completara la saga, cuya respuesta deviene sin duda la más certera crítica que se puede escribir de la película:

-¿Tendrán que hacer la tercera, «Ocho apellidos gallegos»?

-Tendrán, tendrán. Yo soy un actor. Tendrán que hacerlo los productores, los financieros, quizás algunos actores. Otros. Yo he hecho ya dos de vasquito […]. Hay que ser listo y saber abandonar y creo que va siendo hora. Una película puede funcionar de la hostia hacer reir a mucha gente y ser incluso un fenómeno social, pero no por eso es Leduc, Tavernier, Bresson, […]  Si me ofrecieran una tercera ocasión declinaría, diría muchas gracias, sabiendo que me ofrecerían mucho dinero y renunciaría a él porque….

REFERENCIAS

Entrevista de Rodri García para La voz de Galicia (25 de noviembre de 2015) [http://www.lavozdegalicia.es/noticia/teatro/2015/11/24/me-ofrecieran-ocho-apellidos-gallegos-declinaria-/0003_201511G24P37991.htm]

“El secreto de la modelo extraviada” de Eduardo Mendoza

Uno de los profesores a los que más admiro y respeto por sus conocimientos como docente y su incansable labor de crítico literario tiene por costumbre desmerecer reiteradamente la narrativa de Eduardo Mendoza, no sin destacar, en cambio -nótese el sarcasmo-,  el humor y la afabilidad con que éste suele tratarlo a pesar de sus duras críticas en la prensa escrita. Así pues, cuando hace apenas una semana decidí emprender la lectura de “El secreto de la modelo extraviada”, última obra de dicho autor, lo hice no sin pocas reservas.

Ciertamente, las primeras páginas de la novela, no hicieron sino corroborar mis peores sospechas, no tanto por la prosa y los personajes, como por una trama disparatada e inverosímil que no sorprende al público acostumbrado a leer novela negra. No es que la novela sea insufrible, sino que, sin duda, el lector esperaría algo más al ver el nombre del autor en la portada. Pudiera parecer, incluso, que todo el libro está puesto al servicio de lo jocoso y deviene sólo una excusa para dar cabida a un gran número de chascarrillos, que en más de una ocasión -para qué negarlo- provocan la carcajada.

Son dos, sin embargo, los dos méritos del novelista en “El secreto de la modelo extraviada”, según mi juicio. En primer lugar, el autor huye de cualquier pretensión y trascendencia e invierte la sociedad de modo que los investigadores del crimen que ocupa la parte central de la novela no son astutos policías, como de costumbre, sino un marginado social escapado de un geriátrico y su inseparable acompañante, la señorita Westinghouse -un antiguo miembro de la guardia civil pasado a travesti del barrio chino de Barcelona- curiosamente el personaje más cabal y lúcido de la novela. Ambos harán uso de una razón y un lenguaje que desde luego no les corresponde, mientras que altos empresarios y policías quedan rebajados a lo grotesco.

El segundo y más notable logro de la novela subyace, a mi entender, en la estructura de la misma y el acertado uso del espacio y el tiempo. Y es que en “El secreto de la modelo extraviada” hay dos partes claramente diferenciadas, separadas entre sí por más de treinta años, tiempo suficiente para que la Barcelona de la primera parte sea otra bien distinta en la segunda, como ya pronosticaba la entrañable y lúcida señorita Westinghouse, pese a que nadie la creía en los primeros años de democracia en que data la primera parte de la obra. Y es que en realidad, más allá de la trama, carente de cualquier interés y fácil de olvidar una vez acabada la lectura, la gran protagonista de la obra, su hilo conductor, en suma,no es sino Barcelona, la de los años ochenta y en la que devino después del verano de 1992;la impersonal, comercial y turística… la de las Ramblas, la Barceloneta y el Camp Nou… la del Fórum de las Culturas, la que nadie podía imaginar excepto, quién sino, la señorita Westinghouse, empeñada en aprender inglés para cuando llegara el día en que la capital catalana se abriera al mundo. Así pues, con treinta años de por medio, el narrador vuelve en la segunda parte a los mismos espacios que ocuparon el inicio de la novela y comprueba de la mano del lector la metamorfosis de la ciudad.

Y es precisamente ahí donde reside la crítica velada de la novela. Indudablemente Barcelona cambió a partir de la fecha de 1992, se abrió al mundo, y unos pocos -“ellos”- tanto en la  ficción como en la realidad, sacaron tajada de la metamorfosis (ahora que está tan de actualidad el 3% de los Pujol), que sin embargo no devino en progreso efectivo, como nota de nuevo Westinghouse en el fragmento que transcribo (2015:171-172):

Esta ciudad-prosiguió- no es la mía. No sé si lo recuerdas: cuando nos conocimos, yo tenía una gran fe en el futuro de Barcelona. Nadie me hacía caso, muchos se reían de mí. No me importaba, yo estaba convencida y no daba mi brazo escultural a torcer. Hemos de abrirnos al mundo, decía, hemos de aprender inglés, hemos de adaptarnos al horario europeo. ¿Me equivoqué? En parte no y en parte sí. Hoy Barcelona es una ciudad trepidante, próspera, rebosante de glamour […]. Pero las cosas no son como yo las había imaginado. Yo imaginaba una Barcelona, y ellos han hecho otra. […] Barcelona ha cambiado, como yo vaticinaba, pero para convertirse en la capital mundial del baratillo y de la idiocia.

En definitiva, no voy a ser yo quien le lleve la contraria un profesor que tanto me ha enseñado y me ha hecho disfrutar. “El secreto de la modelo extraviada”efectivamente no pasará a la historia de la literatura ni tampoco servirá para recordar y dejar en un buen lugar a su autor. Lo cual no obsta para que ésta tenga sus errores y sus virtudes. Estas últimas son, como ya he dicho, dos, la inversión cuasi grotesca de la realidad, dando lugar a personajes tan entrañables como la señorita Westinghouse, y una estructura al servicio del protagonista de la novela: Barcelona.Mendoza

¿Por qué quiero el cambio?

A mi familia.

Después del próximo 20 de diciembre, no nos engañemos, seremos igual de pobres que hoy, nos costará el mismo trabajo llegar a fin de mes y mi madre, que es la que gestiona el sueldo y las pensiones en esta casa, seguirá haciendo malabarismos para dar de comer a sus tres hijos día tras día. Y lo conseguiremos, porque, pese a todo, somos unos afortunados por haber nacido donde hemos nacido y porque nunca nos ha faltado de nada.

Después del próximo 20 de diciembre, como digo, tendremos que seguir luchando día tras día porque, no nos engañemos, somos de esa clase de personas que consiguen todas sus metas a base de sudor, esfuerzo y matemáticas. Nadie nos ha regalado nada, ni nos lo regalará. Después del 20 de diciembre, queridos hermanos y madre, toca, en fin, seguir trabajando.

Ahora bien, después del 20 de diciembre, sólo espero una cosa. Llegar a casa, abrir el periódico, encender la radio o el televisor y comprobar que no estamos solos. Comprobar que detrás de todas las familias como la nuestra hay un gobierno y un país del que sentirnos orgullosos. Un gobierno que deje de rendir cuentas a empresas y bancos y, de una vez por todas, nos respalde. Un gobierno patriota para una familia hasta ahora apátrida. Está en nuestras manos y en la de nuestros vecinos.

No puedo acabar esta carta, sin embargo, sin dirigirme especialmente a mi hermano pequeño porque va a ser él, tú, quien debas seguir luchando por un país mejor. Por eso quiero dejarte bien claro quién está o no de nuestro lado. Sé de buena tinta que no lo vas a tener fácil. Que por el camino notarás que hay gente que no quiere que aprendas y pienses libremente. Tal vez, incluso, cuando te toque hacer el bachillerato echarás en falta asignaturas tan importantes para la formación intelectual como la filosofía o –mucho peor- tal vez no tengas la suerte que quien te escribe ha tenido de poder completar unos estudios universitarios públicos. Sabes que en casa siempre te vamos a apoyar y que, al menos, nadie nos quitará los libros, pero nunca olvides quién está de nuestro lado y quién no.

Os quiere.

Vuestro hermano e hijo.

A propósito del Toro de la Vega.

Me encantan los animales, disfruto de su compañía, y no me gusta que sufran. Pero lo del Toro de la Vega, desde mi punto de vista, poco o nada tiene que ver con los animales. Lo del torneo celebrado en Tordesillas tiene que ver única y exclusivamente con la defensa del ser humano. ¿cómo es posible que un ser humano educado y civilizado disfrute infringiendo dolor a un ser vivo, sea del tipo que sea? ¿cómo es posible que existiendo el Arte un ser humano necesite ver sangre en vivo (a mí me basta con la de las películas de Tarantino) para reafirmarse como lo que es, el gran destructor de la tierra? ¿Por qué? He pasado muchas veces por Tordesillas, a escasos kilómetros de Valladolid, y creo que allí no les debe faltar de nada, tendrán un cine, un teatro, un centro comercial, incluso un museo, como muy lejos a 10 minutos en coche. ¿por qué entonces necesitan de esta cuestionable afición? Intentando responder a esta pregunta, que tal vez sólo un tordesillano me sepa contestar, me viene irremediablemente a la cabeza Max Aub, quien al visitar España tras muchos años de un exilio en el que morirá, dijo:

Y como la inteligencia ni entra ni sale, ni va ni viene, ignoran la libertad, no tienen ideas políticas -y de las otras pocas-, comen a su gusto. ¿Qué más pueden pedir sino comer mejor y pisar calles más anchas? Las tienen, van a misa -tarde- para que acabe la obligación más pronto, hablan alto, toman vermut, cerveza, vino, juegan a la lotería, se apasionan por el fútbol y lo demás les tiene sin cuidado.

[Max Aub, La Gallina Ciega]

Tal vez es que la España de Franco, la  reaccionaria y bárbara, está más presente de lo que se nos quiere hacer ver, y los toros y el fútbol no son sino el modo en que pervive la incultura de un pueblo sojuzgado y dócil, pero eso ya es otra historia. En definitiva, más que anti taurino, me defino como prohumano, y el espectáculo brindado esta semana en Tordesillas es del todo inhumano, en cuanto a que nos deja a todos, como conjunto, por los suelos. Esperemos, que como vaticinó el propio Max Aub -más con la esperanza que con la certeza de que así fuera- la inteligencia no tenga remedio y acabe por imponerse a inhumanidades como las que tenemos que ver últimamente por televisión.

¿Y ahora qué?

Han sido años repletos de lecturas, trabajos monográficos, apuntes, cafés a destiempo…han sido muchos profesores a los que empecé odiando y he acabado admirando porque no, no soy el mismo que ingresó en la facultad de letras allá por 2009. Entré en busca de una carrera, una ocupación, un lugar en el mundo y me he llevado, sin comerlo ni beberlo, una vocación para toda la vida. Si no fuera tan racional, incluso creería que he nacido para esto, pero como digo soy demasiado incrédulo para afirmarlo, así que me conformo con sugerirlo. En cualquier caso,no me cabe duda de que un filólogo, un verdadero filólogo -y no es que los haya  de primera y segunda, sino  vocacionales y circunstanciales- lo es desde el principio, consciente o inconscientemente, pero desde luego, no le hace falta un título para serlo. Yo mismo me he autodenominado así en todo tipo de contextos mucho antes de sumar los créditos necesarios para poder recibir ese nombre con propiedad. Sí, soy filólogo, y tengo la sensación de que nunca he dejado de serlo, de que nunca he dejado de buscar en las palabras lo que para otros -con título o sin título, filólogos circunstanciales o, ingenieros, abogados y economistas- simplemente nunca ha existido o tal vez haya carecido de interés. Quede aquí pues, mi declaración de amor a lo que me acompañará toda una vida y me definirá mejor que cualquier adjetivo, la filología, que, como su propia etimología indica, no es más que otra declaración de amor, en este caso a la palabra, a la que uno puede amar de muchas maneras distintas.

Con esto no quiero confundir al lector que se deje caer por aquí:este blog no es un espacio consignado a la filología, demasiado inmensa e inabarcable para un lugar como este y un principiante como yo. Más bien, es el espacio que ocupo para llenar el vacío que me han dejado las aulas de la facultad y sus lecciones, para compartir mis inquietudes y esperar al año próximo, en que, si todo va bien, podré reunir el dinero suficiente para cursar el máster (y dejemos la cuestión del dinero y la educación porque merecería otro blog).

Espero que la constancia no me falte y en unos meses estas páginas estén llenas de comentarios de películas, novelas, canciones, obras de teatro, videojuegos -no sólo de libros vive un filólogo- y digresiones de cualquier otro tipo. Por de pronto, os anuncio la novela a la que echaré mano en cuanto acabe esta primera entrada: se trata de “La chica de las bragas de oro” de Juan Marsé, y os anuncio, que antes de emprender la lectura encargaré las entradas y una copia de la obra “El público” de Federico García Lorca, que este invierno será representada en el Teatre Nacional de Catalunya. No os puedo prometer que vaya a escribir sobre estas obras una vez las acabe, puesto que este blog nace con la única voluntad de divertirme y entretenerme, en cualquier caso, quedáis avisados.